Las relaciones de vinculación en la primera infancia modulan las relaciones futuras.


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Ser padre o madre hoy en día, no es nada fácil. Hay muchos factores que influyen e interfieren en las relaciones entre padres e hijos y también en la forma de educarlos y de satisfacer sus necesidades. No obstante, no debemos olvidar que la propiedad más importante del ser humano, es su capacidad de formar y mantener relaciones, siendo ésta la base para que podamos sobrevivir y desarrollarnos. Es fundamental para los niños desde su vida intrauterina, que sus necesidades sean satisfechas por sus cuidadores en un ambiente relacional afectuoso, para modular así la excitación provocada por los estados de desregulación derivados de las necesidades, alimentación, afecto, temperatura, sueño …

Cuando un bebé llora porque tiene hambre y vemos que la mamá o el papá se aproxima y con una voz afectiva responde  “ahora vamos a comer”, podemos observar como el bebé es capaz de calmarse. Todo esto ocurre gracias a que la figura principal de cuidado, la figura de apego, desde el principio de vida del niño se ha relacionado sintonizándose y detectando sus necesidades físicas y emocionales. Si esta figura tiene las competencias parentales necesarias, aprenderá progresivamente a detectar estos cambios en cada momento, los entenderá y responderá adecuadamente regulando física y emocionalmente al bebé. Cuando éste pasa reiteradamente por estas experiencias  será capaz de calmarse buscando la proximidad física con la figura de apego, tendrá la confianza de ser calmado y recuperará el equilibrio. A medida que el niño avanza en su desarrollo, ante un estado de malestar podrá tranquilizarse con sólo la palabra de la madre o padre. Este niño, cuando sea adulto podrá calmarse pensando en que cuando pasen unas horas podrá encontrarse con un amigo, pareja o familiar y calmarse. La mera anticipación podrá tranquilizarlo, ya que su cerebro habrá aprendido que puede ser calmado y que esa sensación es permanente.Captura de pantalla 2015-11-24 a les 13.28.00

Todo esto ni es magia, ni ocurre por casualidad. Es una producción humana. El cerebro se desarrolla, madura y aprende gracias a las relaciones interpersonales, especialmente en los tres primeros años de vida, siendo cuando el cerebro desarrolla un 90% de su tamaño adulto y coloca en su lugar la mayor parte de los sistemas y estructuras que serán responsables de todo el funcionamiento emocional, conductual, social y fisiológico para el resto de la vida. Estas relaciones interpersonales son el resultado de las competencias que las madres y padres tienen para responder a las necesidades de los niños. A su vez, estas capacidades parentales que estos padres poseen son el resultado de sus experiencias de cuidado, protección y educación que ellos como hijos recibieron de sus padres y cuidadores (Barudy, 2014). Es decir, las experiencias positivas con nuestras madres y padres o cuidadores cuando fuimos niños, son la principal fuente de los recursos necesarios para ofrecer buenos tratos a nuestros hijos en el presente.

La relación más importante de un niño es el apego a su figura

principal de cuidado, ya que ésta será la que modulará biológica

y emocionalmente las relaciones futuras.

Como decíamos, una figura de apego con dichas capacidades, será un cuidador competente, ya que aprenderá a proporcionar no solo la función nutritiva y de supervivencia, sino que ofrecerá una relación afectiva y con capacidad de parentalidad social, siendo esta la relacionada con cuidar, proteger, educar y socializar a los hijos. Este proceso dinámico de conocerse, sintonizarse y aprender a entenderse desde una vinculación afectiva es lo que permitirá el buen desarrollo del niño. El cerebro aprende, y lo hace en relación a la capacidad de los progenitores para crear vínculos con los hijos, de manera permanente, respondiendo a sus necesidades y proporcionando una seguridad de base, El apego; en la percepción de las necesidades del otro y la sintonización con ellas, La empatía; y en relación a los modelos de crianza, modelos culturales resultantes de los aprendizajes sociales y familiares que se transmiten como fenómenos culturales a escala generacional. No obstante, como seres sociales que somos, no debemos olvidar que el bienestar infantil también depende de la comunidad donde estos viven, la cual debe aportar esfuerzos y recursos para garantizar el desarrollo adecuado de todos sus niños y niñas.

Este proceso de desarrollo no ocurre de igual modo cuando los niños crecen en ambientes que no les proporcionan alimentación, estimulación, afectividad, seguridad o protección. Por suerte, la neurociencia ha demostrado que esto no es un determinismo inamovible. La plasticidad del cerebro infantil y su sistema nervioso hace viable la posibilidad de que los daños y los posibles niveles de atraso puedan repararse (Barudy, Dantagnan). Es por esta razón, que si queremos que los niños crezcan en un entorno sano y adecuado, debemos insistir en el trabajo de las competencias parentales, ya sea promoviendo su adquisición, facilitando la mejora de las mismas o incluso rehabilitando cuando sea necesario. Es la manera de ofrecer una oportunidad a los niños que han sufrido de la incompetencia parental de sus progenitores.

Referencias bibliográficas:

Los desafíos invisibles de ser madre o padre (Barudy y Dantagnan, Editorial Gedisa)

La inteligencia maternal (Barudy y Dantagnan, Editorial Gedisa)

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